29 de julio de 2011

Cuando no se cierran las Viejas heridas


Amig@s  querid@s.
Quizás te has preguntado en algún momento, ¿Por qué no  he logrado olvidar como me hiso sentir mi esposo (a)?  ¿Cómo me ha hecho sentir mi hijo(a)  con ese comentario o con su manera de hablarme?


Muchas relaciones conyugales o entre padres e hijos están hoy día afectadas por viejas heridas.  Heridas que una vez hicieron un daño muy profundo y que a lo largo del tiempo no han curado por completo.  Posiblemente, en lo superficial, estas heridas no se noten, pero por dentro, en lo más profundo del corazón, aun se encuentren  totalmente abiertas.

¿Cuántas veces las palabras afectan  nuestras relaciones con los seres que amamos? Puede ser que estés consciente o inconsciente de lo que dices o como lo dices, las palabras tienen poder de transformar a los demás, sea para bien o para mal.
En ocasiones se ofende a propósito, en otras, inconscientemente.  Pero para los fines, los resultados vienen a ser iguales en los sentimientos del receptor.  

Esposas que por años han guardado en su corazón resentimientos  en contra de  sus esposos,  por la forma en cómo ellos se dirigen a ellas para hablarles.  Por  igual, esposos se encuentran en la misma situación. Y todo, por no medir el contenido, el tono o el alcance de sus palabras. O quizás, porque hablaron en el momento y lugar menos adecuado.  Creando heridas que hoy siguen abiertas, pese al tiempo en que fueron  hechas.

Posiblemente hay dos razones principales por las que esto esté sucediendo,  - porque no nos ponemos en el lugar de la otra persona…  y  - porque somos lentos en perdonar cuando nos ofenden…   Es posible encontrar otros factores, pero para esta reflexión, estaré  usando como  referencia, estos dos.

Cuando al hablar no me pongo en el lugar de mi receptor.

La comunicación adecuada y  asertiva, hace mucha falta en las relaciones interpersonales. Hoy día, la correcta comunicación es el segundo factor porque existen tantas separaciones matrimoniales.  Esposas se sienten frustradas por la forma en cómo le habla su cónyuge, esposos están al borde de la desesperación por la manera en que verbalmente son tratados por sus esposas.

Las palabras, sobretodo, las de las personas que amamos, son de mucha validez para la motivación, mantenimiento y fortificación de una relación sana. Por consiguiente, al escuchar a esa persona expresarse de manera inapropiada o insultante hacia la persona amada, no solo es molesto al oído de los que escuchamos, sino que estará abriendo heridas profundas en el corazón de la persona amada.

Ponernos en el lugar de mi receptor me da la seguridad de comunicarme de forma apropiada, respetuosa, con amabilidad, con sencillez, pero lo más importante, con amor. De esta forma evitamos ofender, o ser ofensivo con lo que decimos. Evitaremos herir a nuestros semejantes.

Matrimonios de muchos años han solazado por una consistente falta en la forma en cómo se están comunicando. Padres o madres han perdido a sus hijos, solo por no comunicarse apropiadamente. Hijos e hijas hoy día no están en armonía con sus padres, solo porque no han modificado sus actitudes y al expresarse, sus palabras son dardo punzantes en los sentimientos de sus progenitores.

Ponernos en el lugar de los demás es importante al comunicar nuestros sentimientos. Necesitamos recordar lo siguiente: No es la ofensa de palabra del momento la más hiriente, son aquellas pequeñas cosas que decimos, aquellas que cual gota en la piedra hacen hueco profundo en los sentimientos de esa persona amada.

Salomón dice en Proverbios  26:21  que “Como el carbón para las brasas y la leña para el fuego   es el hombre pendenciero para encender contienda”. Así es mi amig@, con las palabras hirientes encendemos contienda en el corazón del prójimo. Poco a poco hacen sutilmente su trabajo, y a largo plazo detonan, rompiendo lo que ha costado tiempo y sacrificio mantener, nuestras relaciones.

Una vez más, Salomón nos deja el siguiente proverbio: “Gotera constante en un día lluvioso es la mujer que siempre pelea”.  (Proverbios 27:15), los continuos pleitos son hirientes al que lo recibe, matan el amor, rompen la confianza y no deja sanar las heridas.


Cuando no perdono las ofensas.

Cuando no perdonamos, no sanan nuestras heridas. Una persona que no siente paz y tranquilidad de espíritu, no puede olvidar las ofensas.
Matrimonios se quebraron y otros se siguen destruyendo por la falta de perdón entre los conyugues.  Relaciones entre padres e hijos hoy se encuentran destruidas por la falta de perdón. Y es que no hay herida más difícil de curar que aquella infectada por el rencor, el cual es ocasionado por la falta de perdón.

Se hace necesario buscar en lo más profundo del interior de la persona, aquellas motivaciones originadoras del amor, aquellos elementos que un día encendieron la chispa del cariño, de la empatía, la tolerancia y la compresión. Recordar los compromisos que mutuamente se acordaron y echar mano la misericordia para  solucionar esos pequeños conflictos a temprana hora del día y no dejar que el sol se ponga sin una solución apropiada.

Cuando no perdonamos las ofensas que nos hacen, jamás se cerraran las viejas heridas.

El apóstol de los gentiles (Pablo) nos deja el siguiente consejo en Romanos 12:17-21:
No paguen a nadie mal por mal.  Procuren hacer lo bueno delante de todos.
Si es posible,  y en cuanto dependa de ustedes,  vivan en paz con todos.  No tomen venganza,  hermanos míos,  sino dejen el castigo en las manos de Dios,  porque está escrito: “Mía es la venganza;  yo pagaré",* dice el Señor.  Antes bien,  "Si tu enemigo tiene hambre,  dale de comer;  si tiene sed,  dale de beber.  Actuando así,  harás que se avergüence de su conducta." No te dejes vencer por el mal;  al contrario,  vence el mal con el bien.

Recuerda, después de Dios, lo más importante es tu familia…
Hasta una próxima entrega.
Autor Mateo Martínez

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